Reportaje

Charly Wegelius y las últimas pedaladas de Marco Pantani

13 noviembre, 2017
El último ataque de Pantani

El último ataque de Pantani

Marco Pantani es la estrella de Rock del ciclismo. Para muchos, fue sin lugar a dudas el mejor escalador de la historia de este deporte, capaz de batir en grandes vueltas a los mejores contra el crono en una época en las que abundaban este tipo de etapas. Para otros, sin embargo, el Pirata es un dopado cuyo éxito, fama y algunos avatares mal digeridos le empujaron a un final nada glamuroso en una habitación de hotel en la turística Rimini. Un desenlace que nada tiene que ver con el brillo de los podios de Milán o París. Ni siquiera con las últimas pedaladas de su carrera deportiva, las del Giro de Italia de 2003, mucho menos poderosas que aquellas que destrozaron a Ullrich en Galibier, las de un Marco Pantani que llevaba deprimido cuatro años y que en esa edición de la ronda italiana hizo, al menos hizo, el amago de volver a ser el que fue.

Mi primer recuerdo claro de Pantani fue en el Giro de 1994, en aquella mágica etapa con final en Aprica en la que Induráin distanció a Berzin en la ascensión del Mortirolo para después claudicar ante el Pirata en el Valico di Santa Cristina, un puerto de tercera categoría de solo cinco kilómetros de longitud que empequeñecía ante los colosos que el pelotón había dejado poco antes atrás. Ese día, Pantani, de 24 años, reventó al navarro más humano y le arrebató el segundo puesto del podio final de Milán. Era la antesala de una carrera fulgurante que se vio truncada primero por las caídas y, más tarde, por ese 52% de hematocrito que le expulsó del Giro de 1999 a falta de dos jornadas cuando era líder destacado tras haber aplastado a sus rivales y haber obtenido un botín de cuatro etapas. Del cielo al infierno en solo unas horas.

Pantani junto a Casagrande

Pantani junto a Casagrande

En 2003, diez años más tarde de su primer Giro, Pantani reapareció en la ronda italiana con nuevos bríos. El de Cesena había estado entrenando en España con su compañero de equipo Dani Clavero, ciclista sin victorias profesionales pero que ocupó varios puestos de honor en vueltas por etapas. Pero pronto todo se vino abajo. En la etapa con final en Terminillo, el Pirata se dejó casi cuatro minutos con Garzelli y Simoni, a la postre vencedor de aquella edición del Giro. Por allí también estaba Charly Wegelius, otro que nunca levantó los brazos a lo largo de su trayectoria deportiva ya que siempre estuvo a disposición de lo que mandaran sus líderes de equipo. En aquella carrera ayudó a Serhiy Honchar a ser top ten de la general final, y de paso echó un cable a Pantani en una de las últimas etapas de montaña.

Wegelius lo explica en uno de los capítulos del libro El Gregario, obra de muy recomendable lectura que se adentra en los entresijos de la vida de un profesional del ciclismo y que cuenta historias tan interesantes como la que dedica a Pantani. Porque una cosa es leer en el periódico que el ciclista italiano ha llegado en la posición 23 a 15:59 minutos de Dario Frigo en aquel infierno de frío, viento y lluvia que fue la etapa de 175 kilómetros que separan Santuorio de Vico de Chianale y otra bien distinta es que alguien te describa cómo lo vivió desde dentro, sin más intermediarios que el lenguaje y la memoria. Y si después del relato te quedas con ganas de más, solo tienes que clicar en este enlace para hacerte con el libro del ex ciclista británico nacido en Finlandia, pieza clave del engranaje de equipos como De Nardi, Liquigas o Lotto.

“El Giro del 2003 también fue el último en el que participó la caprichosa leyenda italiana Marco Pantani, y antes de llegar a Milán fui testigo de una escena histórica. Al igual que Cipollini, Pantani era una superestrella en Italia. Era un tipo raro y apasionado, y desafiaba las leyes de las convenciones. Había ganado el Giro, y el público, que veía en él todo lo que esperaban del deporte, lo adoraba. Pero en el 2003 se había convertido en un personaje abatido, adorado por todo el mundo salvo por él mismo. Era obvio que sus problemas eran muy complejos, y había la sensación de que el final, al menos en un sentido deportivo, estaba cerca.

Charly Wegelius en el Giro 2003 con De Nardi

Charly Wegelius en el Giro 2003 con De Nardi

En la etapa 19, vi con mis propios ojos el último ataque de «Il Pirata», en la carretera que va a Cascata del Toce. Pantani era venerado por su estilo agresivo, y su última acometida fue magnificada por la prensa, que la consideró un gran acontecimiento, una de esas acciones temerarias que habían contribuido a forjar su leyenda. La realidad, como muchas otras cosas que suceden en el ciclismo, fue bastante triste, ya que, en el fondo, no fue más que un gesto simbólico. Marco estaba intentando hacer algo y el pelotón lo dejó marchar respetuosamente. Casi podías ver a los gregarios, que podrían haber neutralizado el ataque fácilmente, mirando hacia el otro lado para no sentirse responsables. Pero era Pantani, y le dieron un poco de libertad antes de que empezara la etapa de verdad y los más fuertes lo adelantaran.

En el 2003 Pantani estaba lejos de su mejor momento. En realidad, nunca se había recuperado después de saberse que los análisis habían confirmado un alto índice de hematocritos, lo que provocó su expulsión del Giro de 1999. Era innegable que se trataba de un ganador, pero también era un tipo frágil, con un ego enorme y adicto a la cocaína. En el pelotón ves a los corredores como personas, gente con mucho talento, pero seres humanos al fin y al cabo. Fuera del pelotón —y sobre todo en Italia— esas leyendas adquieren una fama tan desmesurada que, al final, no saben gestionarlo. Es la maldición de la fama. Por desgracia, casi un año después de ese Giro, Pantani fue hallado muerto en la habitación de un hotel de Rímini.

En el Giro del 2003 ya debía de estar pasándolo mal, pues se mostraba muy distante y cualquier minucia lo hacía montar en cólera. El recuerdo más vívido que tengo de Pantani se produjo en la etapa 18 de ese Giro, en los Alpes. La ruta pasaba por el Colle di Sampeyre; era un ascenso largo y, como acostumbraba a suceder en el Giro en mayo, el tiempo se estropeó. Empezamos a atacar el puerto con lluvia, luego cayó aguanieve y en la cima empezó a nevar. La presión no había hecho más que aumentar y el pelotón se había fragmentado. De pronto me encontré subiendo solo con Pantani. El grupo de Simoni lo había dejado atrás, y en cuanto lo atrapé, supe que estaba jodido. Avanzaba a oscuras, rodeado por las cámaras de televisión que seguían todos sus movimientos, por mucho que las imágenes fueran poco dignas de él. Yo no era un gran fan del Pirata, pero lo respetaba, y sabía que era un tipo especial. No me gustaba verlo sufrir, ni las ansias de las cámaras por capturar cada pedalada de su derrota. Pasé de largo junto a las cámaras y le ofrecí mi rueda; a mí no me beneficiaba en absoluto, pero me sentí obligado a ayudarlo. Subí la última rampa del puerto con él, haciendo todo lo que podía para aumentar lentamente el ritmo y reducir la desventaja con el grupo de delante.

All in

All in

Cuando empezamos el descenso, se quedó a pocos milímetros de mí, pero después de la caída que había sufrido unos días antes, no me atrevía a ir rápido. Tomaba muy mal las curvas y, para el gusto de Pantani, frené demasiado en las dos primeras curvas con el asfalto mojado. De repente, se puso a insultarme, estaba desquiciado, me gritaba y me sugirió de forma inequívoca que tal vez el ciclismo no era la profesión que debería haber elegido. No podía creérmelo. Yo me había esforzado para ayudarlo y él me insultaba. Me sentí menospreciado, humillado. Estaba en presencia de una leyenda que me estaba diciendo que era «una puta mierda». En la siguiente recta lo dejé pasar y me adelantó como una exhalación. Al cabo de poco volví a verlo. Iba tan rápido que cuando llegué a la siguiente curva ahí estaba, maldiciendo, tirado en la cuneta. Se había dejado llevar por la rabia y la frustración, y había acabado en el suelo. Logró finalizar la etapa y la carrera, pero aquello fue el final para él”.

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2 Comments

  • Reply Urraco 13 noviembre, 2017 at 18:31

    el libro de este ciclista está pero que muy bien, aunque creo que en concreto en este episodio wegelius quiere hacerse el importante a costa del elefantino. reconozco que soy fan número 1 de pantani, y de los que cree que hubiese tenido un palmarés brutal si no se pierde el 96 por la caída y no le roban ese giro por el hematocrito. forza marco!

  • Reply piti18 13 noviembre, 2017 at 18:33

    pantani iba tan hasta las trancas como el resto. tuvo la mala ¿fortuna? de que le cazaran, pero era el mejor en carretera, el mejor escalador que he he visto en mi vida, pero con un coquito que… habrá que leerse el libro. sds.

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