Cronica

Ciclismo de verdad

7 agosto, 2016

Me fui muy contento a la cama y me levanté aún más ante el gran día que se vislumbraba. Por la mañana recuperé mi relación con la defenestrada bici de montaña para rememorar una de las subidas de la sierra madrileña que más veces he hecho, pero que ya tenía casi olvidada tras sellar mi matrimonio con una amante más flaca. Pude comprobar que La Pedriza sigue donde estaba y que tiempos pasados siempre fueron… pasados. Por la tarde, tras una opípara comida en Manzanares, me incorporé al sofá para seguir el que creía que iba a ser uno de los mejores momentos ciclistas del año. Y así fue. En Río, ganó uno que se tiró más de 70 kilómetros fugado y que incluso pinchó en el tramo de pavés de la primera parte de la carrera. El premio a la valentía de un espectáculo mayúsculo en el que se vuelve a poner sobre relieve que el caos es sinónimo de belleza. Sin pinganillos y con equipos más reducidos todo es menos predecible. Para disfrute del espectador, nadie puede controlar a su antojo el devenir de la carrera. Y la estrategia, las charlas en el hotel o en el autobús, se revalorizan. Aunque al final no sirvan para nada.

"Nos hemos quedado cortados"

“Nos hemos quedado cortados”

Era previsible que el descenso de Vista Chinesa iba a ser una de las claves de la carrera. Nibali, uno de los especialistas más cualificados (Lombardía, Tirreno), era consciente de que si lanzaba la ofensiva en la última bajada iba a tener más complicado el triunfo final, por lo que adelantó las hostilidades al penúltimo paso por esa estrecha y revirada carretera estrecha en la que los rayos de sol eran disimulados por la frondosa vegetación. Pese a que antes se habían sucedido movimientos que impactaron en la carrera, como una ofensiva del equipo checo a 130 de meta cuando soplaba el viento o el salto a falta de 70 de Van Avermaet, 3 en 1 Thomas y Caruso, fue el ataque bajando de Italia el que supuso el principal punto de inflexión. El Squalo se marchó con Aru en el que parecía el ataque definitivo a 34 kilómetros para meta, a los que se unieron primeros espadas como Yates, Fuglsang y Majka. Ningún ciclista español leyó la jugada de los azzurri, que además contaban en el grupo delantero con el apoyo del notable ciclista Damiano Caruso. Valverde aseguró que se quedaron cortados en la bajada por culpa de una caída.

Entre bellas imágenes aéreas de la ciudad de Río, el italiano de BMC marcó el ritmo del grupo que se iba a jugar las medallas (los tres italianos, Henao, Thomas, Van Avermaet, Majka, Yates, Fuglsang, Zeits) en el llano que conducía al ascenso definitivo de Vista Chinesa, salpicado por una tachuelita que pese a la indicación del comentarista experto de la televisión pública no eran las primeras rampas de la carretera que conducía al mirador. Aún restaban varios kilómetros para que el paquete liderado por los de Davide Cassani afrontara los nueve kilómetros al 6%, en realidad dos puertos entre los que se intercalaba un descenso. La distancia respecto al grupo perseguidor, del que de forma increíble tiraba Valverde, era de 50 segundos. El murciano, favorito para ganar en Río (lo eligieron el 89% de los jugadores de Tropela), “no iba”, por lo que asumía el papel de gregario para Llorito Rodríguez, que con 37 años vivía una de sus últimas ocasiones para engordar su envidiable palmarés (dos Voltas, dos Lombardía, País Vasco, etapas y podios en las tres grandes vueltas por etapas, todos éxitos logrados a partir de la treintena).

Esta vez besó el suelo

Esta vez besó el suelo

La lección estratégica prosiguió con una exigente marcheta de Aru en el inicio de Vista Chinesa, una construcción que data de 1903 y que es símbolo de la relación del país sudamericano con Asia. A mitad del 19, llegaron a Brasil habitantes de Macao y China para trabajar el arroz, pero como eran perezosos en la tierra les pusieron a construir la carretera que conduce al mirador. Por ella se quedaban integrantes del grupo principal (Yates), mientras que Majka aceleraba y se llevaba soldados a su rueda a Nibali, Henao, Thomas y Van Avermaet. Fuglsang, el danés de Astana, pudo enlazar, en tanto que el grupo perseguidor se disolvía en un reguero de corredores que transitaban por parejas o en solitario. Ninguno de ellos era Valverde. A falta de 20 kilómetros para meta y con el último tramo de ascenso pendiente, conseguían enlazar con la cabeza Purito y Meintjes. Alaphilippe, que le ha cogido el gustillo a eso de perseguir como un lunático por no saber estar al quite cuando hay que estar, iba un poco por detrás a buen ritmo e incluso daba la sensación de que iba a coger la rueda de los de delante, pero en ese momento el Squalo lanzó el ataque definitivo. Solo Henao y Majka podían seguir a Nibali, que volvió a intentarlo sin éxito a poco de coronar. Los tres iban a afrontar el vertiginoso descenso para poco después llegar al llano de diez kilómetros que les separaba de las medallas. Entonces se advino la tragedia.

Nibali se fue al suelo en el mismo sitio desde el que lanzó el ataque definitivo en el penúltimo paso por Vista Chinesa (rotura de clavícula y daño en la pelvis). Henao también dio con sus huesos en el asfalto, por lo que el polaco de Tinkoff era en medio del caos -también televisivo- el último reducto de la escapada que como se dijo antes terminó de cincelar el de Messina en las últimas rampas del puerto carioca. Por tanto, le iba a tocar comer viento en solitario tras una paliza de seis horas, 230 kilómetros y 4.000 metros de desnivel acumulado, el peor de los escenarios posibles. Esos diez últimos kilómetros condensaron más emoción que cualquiera de las etapas del último Tour de Francia. Todos se miraban en el grupo perseguidor, pero no existía entendimiento a la hora de dar relevos, por lo que la diferencia de más de 20 segundos pareció casi definitiva. El enfado de Purito era patente (“¡solo hay uno por delante!”), pero su desacuerdo se quedó en meras palabras y vio pasar impávido el tren que le pasó por delante con el tremendo demarraje de Fuglsang y Van Avermaet. Majka daba chepazos y el danés y el belga le dieron caza en un derroche de potencia al que no pudo unirse Alaphilippe. El francés solo pudo ser cuarto en meta y volvió a demostrar que se trata de un ciclista muy especial con dificultades para ganar.

Otra vez, la equipación más chula

Otra vez, la equipación más chula

Italia rompió la carrera, pero ninguno de sus integrantes iba a pelear por las medallas. Como dice Sabina, ya se sabe que hay que estar al loro, que el destino es un maricón, sin decoro, te da champán y después chinchón. Nibali, que este año ganó un Giro gracias a la caída de Krispis en el descenso del Agnello, se bebió un chupito de amargo anís donde mejor se desenvuelve, allí donde ha fraguado algunas de sus mejores victorias. El champán esta vez iba a ser para Greg Van Avermaet, jinete con buena punta de velocidad y que en 2016 se ha consolidado como uno de los más completos del pelotón con notorias victorias como la general de Tirreno, la clásica de pavés Het Nieuwsblad y la etapa más vistosa del Tour de Francia. El mismo que fue paciente del médico sospechoso Chris Mertens -el Doctor Ozono– y que en 2015 estuvo amenazado por una sanción de dos años y la pérdida de sus victorias desde 2012 por el uso de cortisona, que al final pudo justificar por cuestiones terapéuticas. El belga hizo bueno el pronóstico y batió con solvencia a Fuglsang en un sprint en el que se abstuvo guiñitos Majka.

Se puso así de manifiesto que pese a ser muy duro, el circuito era apto tanto para escaladores como para ardeneros. El descansillo de Vista Chinesa a mitad de puerto permitía que aquellos menos dotados para la alta montaña pero con buenas aptitudes para clásicas exigentes en las que se conjugan mucho desnivel y muchas horas encima de la bici optasen al triunfo. En Río de Janeiro ha ganado como lo hizo en el Tour, escapado en una etapa con muchísimo desnivel, sin grandes puertos y con una distancia de más de 200 kilómetros. Hace dos años, Van Avermaet era Van Segundaet. Este flamenco nacido hace 31 años en Lokeren era incapaz de conseguir victorias de gran prestigio. Ahora, el cuarto ciclista del mundo según el World Tour, es uno de los matadores del pelotón.

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