Reportaje

Cipollini, el Vito Corleone del pelotón

28 noviembre, 2017
Pasan los días y cada vez más riqui

Pasan los días y cada vez más riqui

Michael Corleone le espetó a su enamorada, Kay Adams (Diane Keaton), que su padre, Vito Corleone, no era diferente de ningún otro hombre poderoso, como puede ser un senador o un presidente. De haberse producido la película en otra época más actual y con un guionista menos dramático y más dado a la sorna que Mario Puzo, se podrían haber añadido a los dos ejemplos el de “Il Bello” Mario Cipollini, Cipo para los amigos. Aunque esta concesión gratuita a la galería hubiese despistado al telespectador y, de paso, hubiese puesto en riesgo cualquier aspiración de ganar un Oscar, es cierto que también hubiese hecho honor a la verdad. Porque Cipollini, dicen los que corrieron con él, era el Nerón que dictaminaba los designios de una etapa con un solo movimiento de su pulgar.

"¡Apaguen los motores!"

“¡Apaguen los motores!”

El pelotón tiene siempre un capo, alguien que influye de forma decisiva en los desenlaces de las carreras. Así fue en la segunda etapa del Tour de 2010, cuando Cancellara mandó parar al pelotón tras una montonera en la que se vio envuelto el líder de su equipo y favorito para la victoria final, Andy Schleck. El grupo, al que se incorporó el luxemburgués, entró parado en meta y la locoMotora de Berna pidió que se anularan los tiempos porque la carretera estaba peligrosa. El mismo Cancellara hizo algo parecido en 2016, cuando en la ronda gala se cayeron tres ciclistas de Sky camino al Ventoux con el grupo lanzado y Froome paró a orinar para que se respetase la norma -no escrita- de que no se acelera cuando el líder tiene un imprevisto.

Adulteraciones de la competición que cada cierto tiempo se replican, como ese mismo año en la etapa con final en Urdax de la Vuelta a España. El pelotón prefirió no competir durante los 212 kilómetros de lo que podía haber sido un escenario perfecto para emboscadas y de forma vergonzosa llegó a 34 minutos del ganador, Valerio Conti. La excusa, el cansancio acumulado y que al día siguiente se disputaba la etapa reina con final en el Aubisque. Por supuesto, fue una fuga consentida por el dictamen de unos pocos que ordenan lo que se hace en un pelotón que cada vez quiere menos guerra, como quedó demostrado en el pasado Giro, donde las fugas de las etapas iniciales las protagonizaban corredores de segunda o tercera fila para acabar, todas, con idéntico final al sprint. O en el Tour, donde no se compitió en ninguna de las cinco etapas llanas que ganó Marcel Kittel.

Era inevitable acordarse de todo ello al leer el magnífico libro El Gregario, escrito por el ciclista Charly Wegelius, sobre el que ya se habló por aquí hace unos días con motivo de un post sobre Marco Pantani. Porque una cosa es que se intuya que algunas carreras están más pasteleadas que los sorteos de la FIFA -y no hablamos de los Criterium pachanga que se corren tras algunas pruebas importantes-, y otra distinta es que alguien que ha corrido durante tantos años en el pelotón internacional lo diga con la naturalidad del que lo ve como algo asumido. Así ocurría en la época de Mario Cipollini y así ocurrirá con casi toda certeza en la actualidad. Para bien de algunos ciclistas y para perjuicio de otros. Aunque casi siempre para perjuicio del espectador y del negocio.

"Y si alguien no hace lo que digo, ¡lo reviento!"

“Y si alguien no hace lo que digo, ¡lo reviento!”

“Cuando el pelotón tenía a un líder como Cipo, todo era más tranquilo. En una etapa llana sabías lo que iba a suceder: si los ciclistas atacarían como locos todo el día, si alguien atacaría en la zona de avituallamiento, o si un corredor quería marchar al frente del grupo al llegar a su pueblo… Solo tenías que ir y preguntárselo a Cipo, y si decía que sí, ningún problema”, explica Wegelius en el contexto de la disputa del Giro de 2003. “En Italia la figura de Cipollini trascendía el ciclismo, y no era una cuestión de miedo, sino de respeto entre corredores, lo que le permitía mandar en el grupo. Para mí era ideal: sabía que podía desconectar en «sus» etapas porque la carrera se corría con un patrón muy claro. A lo largo de tres semanas, los días como esos no tenían precio; eran días en los que mi cuerpo podía descansar, minimizar los daños y relajar también un poco la cabeza”.

Eran días en los que, como indica el corredor británico de origen finlandés, “el mundo del ciclismo italiano celebraba el récord de las cuarenta y una y cuarenta y dos victorias de etapa de Cipollini en el Giro”. Cipollini, señala Wegelius, era adorado en Italia. “Era una celebridad, y tenía estilo. Ese tipo de cosas eran las que volvían loca a la gente. A los italianos les encanta la fama, y «Il Re Leone» era una de esas estrellas capaces de mantener la llama de la emoción de la carrera encendida. En esos días, las etapas llanas eran el escenario donde Cipollini montaba su espectáculo, desde el principio hasta el final. Una victoria de Cipollini era una victoria para la carrera y para Italia. Algo más que una simple victoria, porque Cipollini era el jefe del pelotón y, como tal, era una figura importante de mi jornada laboral”.

El Nerón, el Vito Corleone del pelotón a su paso por la península itálica. Y no solo por su excelso palmarés, que aglutina 158 victorias como profesional repartidas en 42 etapas del Giro de Italia, doce del Tour de Francia, tres Gante Wevelgem, doce etapas del Tour de Romandia, once de la Volta a Catalunya, el mundial y la Sanremo de 2002, cinco Millemetri del Corso di Mestre, etapas en París Niza, 4 días de Dunkerque, nacional italiano,… Sino porque el paciente de Eufemiano Fuentes contaba con una personalidad rutilante que le permitía marcar el paso del pelotón ciclista. Con una personalidad bien distinta, eso sí, de la de Lance Armstrong, que en 2004 llegó a echar abajo personalmente el ataque de Filippo Simeoni, un ciclista italiano que años antes acusó a Michele Ferrari, el médico del tejano, de haberle recetado productos dopantes.

"Al banco también voy sin camiseta"

“Al banco también voy sin camiseta”

“«¡Wegelius! ¿Dónde vas con ese cuerpo?» Mario Cipollini me miró fijamente, y a juzgar por la sonrisa de oreja a oreja que lucía, estábamos a punto de presenciar una de sus actuaciones marca de la casa. Mario era un tipo muy dado a esas exhibiciones desmesuradas y, como no podía ser de otra manera, su público lo observaba embelesado cuando profirió «¡Esto es un cuerpo!», antes de quedarse en calzoncillos y ponerse a marcar músculo en la sala de reuniones del hotel, entre los aullidos y risas de admiración de sus nuevos compañeros de equipo”, comenta Wegelius, compañero de Cipo en Liquigas en 2004, en un pasaje del libro en el que describe la primera concentración del equipo. “No había duda de que Mario Cipollini sabía romper el hielo”.

Tanto que en esa concentración reunió a sus compañeros al frío glacial de la y apareció con la bici contrarreloj de Magnus Bäckstedt, portento de 1,90 metros. “A Cipo se le había ocurrido la idea de organizar una carrera contra el crono de dos vueltas por el caminito que rodeaba el hotel. Las reglas eran sencillas: los cuatro novatos harían la contrarreloj desnudos de cintura para arriba después de haber bebido una pequeña botella de vino. […] Cipo los seguiría con su propio coche para asegurarse de que los ciclistas se lo tomaban en serio”, explica Wegelius. “Ver llegar al primer ciclista montado en la bicicleta enorme de Bäckstedt, seguido del Bentley de Mario Cipollini, que no paraba de tocar el claxon y gritarle «Vai, vai, vai, porco Dio!», como si fuera el director deportivo más desquiciado que habíamos visto jamás, fue para morirse de risa. Fue el típico golpe de maestro de Cipollini, que asumió la tarea de crear un buen ambiente para los nuevos compañeros de equipo. […]sabía que un buen ambiente de trabajo nos permitiría dar lo mejor de nosotros, y se propuso crear ese clima”.

Si quieres, puedes bajarte el libro El Gregario clicando en el enlace.

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2 Comments

  • Reply piti18 28 noviembre, 2017 at 21:02

    Más que el Padrino, Cipo parece ahora Suarseneguer.

  • Reply The Critic 28 noviembre, 2017 at 22:31

    La verdad es que reventaba a todos en competición

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