Cronica

La botica que le salvó no era suiza pero poco le faltó

4 mayo, 2016

A buenas horas mangas verdes. Las crónicas de la Lieja ya no sirven ni para envolver el pescado de Ordenalfabetix y vienes ahora con una historia que centra sus avatares en esa confusión de país llamado Bélgica cuya capital es Bruselas, indeterminada metrópoli en la que sobresalen los lobbies que intentan influir en las políticas europeas, una cerveza con más graduación que el vino de Rioja y el caos derivado de unos semáforos con menos coordinación que Biohazard dando pedales. Por desgracia, no dispongo de tiempo suficiente para satisfacer las necesidades de actualización de este humilde soporte, por lo que si me he decidido a contarles esta historia es solo porque no he tenido que escribirla, sino que me he limitado a leerla y resumirla de un manuscrito que una simpática farmacéutica me entregó en la villa belga de Bosson. Como no, trata de ciclismo, y como ha pasado otras veces en este deporte, la botica marca un punto de inflexión en el devenir de la historia. En este caso, el protagonista se llama Jorge Luis Alepo y lo que van a leer a continuación es de su puño y letra. Si no les gusta, a mí no me den la tabarra.

La flechica indica la situación de la botica

La flechica indica la situación de la botica

…Me llamo Alepo y menos mal que encontré aquella pharmacie en Bosson, en el segundo avituallamiento de la prueba más complicada que he hecho nunca. Tengo que reconocer que siempre he sido un blando. Cualquier pequeña afección de la garganta me maniata de tal manera que incluso cambia mi carácter. Y esta vez no iba a ser distinto. Una semana antes de partir a Bélgica, en aquel sábado aciago, el agua de la lluvia y el agradable frescor del Albariño enojaron mi faringitis crónica de tal manera que fue necesaria una visita a Urgencias. Una displicente aunque seductora doctora algo entrada en años me recetó unos antibióticos que prometían ser la salvación a la enfermedad. “En tres días podría estar recuperado, atractivo joven, aunque no es conveniente que fuerce”. La cuestión es que el jueves era el último día de tratamiento, justo la fecha en la que volaba para disputar la Lieja Bastón Lieja para aficionados, todo parecía ir sobre ruedas. Hasta que empezó a torcerse.

En el aeropuerto de Charleroi me recogió mi compañero de fatigas en la carrera. “Ignatius, esta noche una cenica tranquila y nada de cervezas, que es mi último día de antibióticos y no quiero cagarla”. Cogimos el coche en un aparcamiento repleto de militares armados hasta los dientes y lo estacionamos cerca del Parlamento europeo, allí donde su pareja trabaja para un lobby farmacéutico que, como suele suceder en estos casos, antepone su egoísta interés al bienestar de la sociedad. Pero como ya soy una persona algo entrada en años, bastante cínica y muy poco socialdemócrata, nada de ello fue óbice para que la chica me resultase simpática además de buena compañera para Ignatius. No fue difícil darme cuenta a los pocos minutos que su buena compenetración se basa en gran medida en que él es bastante calzonazos y ella algo marimandona. En realidad, esto le ocurre al 95% de los hombres y las mujeres heterosexuales.

Nos fuimos pronto a casa tras tomar un piscolabis en un restaurante asiático. Me llamó la atención que los dependientes del local tenían mejor aspecto que los que regentan el mismo tipo de establecimientos en Madrid. Incluso hablaban francés, idioma sensual y que todo el mundo sabe que da empaque incluso a la figura más esmirriada. Tenían tanta clase que no nos atrevimos a dejar propina por si les resultaba un gesto ofensivo. Tras la suculenta cena, era casi medianoche y en lo único en que pensaba era en llegar a casa y acostarme calentito bajo la luz de la luna. Por desgracia, mis aposentos consistían en un cuarto con eco, frío, compuesto exclusivamente por un colchón en el suelo, sin apenas sábanas y todo inundado de una luz naranja fosforescente de las farolas de la calle que traslucía con inusitada violencia a través de las cortinas. No, perdón, que tampoco había cortinas. Pese a ello, dormí como un lirón hasta las nueve de la mañana y me levanté con muy buen ánimo, aunque aún estaba renqueante de mi faringitis crónica.

¡El milenarismo va a llegar!

¡El milenarismo va a llegar!

“Hi, Jorge, I´m Jool!” Estas fueron las primeras palabras que escuché por la mañana cuando bajé a la cocina tras hacer de aguas. Eran del compañero de piso de la pareja que cortésmente me dio cobijo en su morada. Aunque no me quiero entretener en la conversación que mantuvimos mientras tomábamos un delicioso café preparado por la máquina que le compró su madre, sí me gustaría reseñar que ésta fue de lo más interesante. En esencia, consistió en cómo hoy día gracias a los avances de la informática se puede componer música a través de algoritmos matemáticos, y en cómo las computadoras le comen el terreno, cada vez más, a los puristas de este arte. Vamos, que la armonía no es algo que se genere por arte de magia, sino que está ahí para el que lo quiera ver o procesar. En lo siguiente que pensé fue que al final los ordenadores escribirán libros tomando como referencia todo lo que se ha escrito, y que visto lo visto la rebelión de las máquinas va en realidad por otro lado y la próxima secuela de Terminator debería ser interpretada por Fernando Arrabal en vez de por Schwarzenegger.

Pero a lo que vamos. Vuelta por Bruselas y viaje a Lieja en tren para recoger los dorsales y la bicicleta de alquiler. Bajo mi humilde punto de vista, la mejor opción, más económica (solo 75 euros el fin de semana) y mucho más cómodo que transportar en avión tu bici habitual. La montura desde luego no era ninguna maravilla, pero cumplía a la perfección su cometido. Se trataba de una Giant algo antigua de aluminio montada en 105 y de unos 9,5 kilos de peso. Además, los dos hermanos holandeses que regentaban el puesto -una especie de feriantes de las pruebas ciclistas- fueron muy simpáticos conmigo al no hacerme pagar ningún depósito y permitir solo el pago en efectivo y sin factura, por lo que me hicieron sentir como en casa.

Noël Dejonckheere

Noël Dejonckheere

Una vez recogido el dorsal y la bici, me dirigí junto a Ignatius a los puestos donde vendían equipamiento para este deporte. Sin llegar mi cerebro a generar tanta química como en un casino o en el zoco de Marraquech, adquirí cinco pares de calcetines a muy buen precio, un gorro que te tapa las orejillas y que me vino de perlas para el día siguiente, una braga que me vino de ídem y una equipación estupenda del BMC por un precio de ganga que, además, me vendió una señora encantadora que nada tiene que ver con otros empresarios del mundo de las dos ruedas como, para que ir más lejos, Paco el de Cicloscorredor. Si al segundo le falta tiempo para decirte que corre en Máster 50 y que es el puto amo de Madrid, esta afable señora se dio cuenta de que éramos españoles y nos comentó que le encantaba la piel de toro y que su marido va a construir una casa en Calpe. En ningún caso mencionó quién era su esposo, pero un simpático compañero que andaba por el stand nos señaló que la pareja de la dependienta había sido un conocido esprinter del Teka de los 80. Como mi nivel de idiomas es paupérrimo y el nombre se las trae, nos limitamos a asentir y pusimos rumbo a Bruselas. Fue volviendo a evacuar cuando, oh, sorpresa, descubrimos que nos vendió las ropas del equipo suizo (“muy aero, Igantuis, muy aero”) la señora de Noël Dejonckheere, un velocista que atesora etapas en la Vuelta y la París Niza y que ahora es director deportivo del BMC tras haberlo sido del Motorola. Explorar la vida de esta pareja merece la pena. Asómense por “The Belgian House”.

Con el resfriado evolucionando favorablemente, me trasladé a la cueva a descansar tras ingerir un plato de pasta mediocre en un restaurante siciliano que prometía más de lo que dio. No sé por qué elegí los macarrones picantes en vez de la pizza calzone, y tampoco puedo afirmar si arrepentirme de ello fue lo que me impidió dormir un solo minuto la víspera de la prueba más dura de mi vida. Pero ni un solo minuto, cero patatero. Quizá tuviera algo más que ver los cuatro cafés que tomé el día anterior -gracias, Jool-, o las efedrinas que ingerí para aliviar la enfermedad. En todo caso, a las seis de la mañana me levanté, me fui a la ducha y mire en el móvil que la temperatura en Lieja era de tres grados centígrados, con el cielo nublado y mucha humedad, para que no se te seque la camiseta térmica. Perfecto.

Al bajarnos del coche, ya en la fea ciudad de Lieja, me di cuenta de que la sensación térmica era incluso menor de esos tres grados. Así que lo que en un principio iba a ser un día de disfrute y algo de sufrimiento se transformó en una odisea que por poco estuvo a punto de concluir a los 15 kilómetros de la salida. “Mira Ignatuis, no puedo más, me doy media vuelta ahora que estoy cerca de Lieja. No he dormido, hace un frío que te cagas y tiene pinta de que de ésta voy al hospital directo. Abandono”. “Pero vamos a ver, Alepo, llega hasta el primer avituallamiento a los 40 kilómetros y allí te lo piensas, no será para tanto, come y bebe y pilla rueda”. Así que a saber por qué motivo (quizá porque nunca he abandonado nada en mi vida excepto aquella asignatura de alemán que de un modo incomprensible elegí el año de Erasmus en Portugal) seguí chupando rueda hasta el kilómetro 40 por los fríos páramos del sur de Lieja hasta la primera parada marcada en el mapa.

"Mi reino por una farmacia"

“Mi reino por una farmacia”

Ya que estábamos metidos en vereda, hice lo propio hasta el siguiente avituallamiento en el kilómetro 67, ya en la villa de Bosson y sus calles empedradas. Y fue aquí donde entré en una botica y una encantadora tendera me vendió por el módico precio de seis euros una caja de paracetamol de un gramo, que gustosamente pagué para ingerir de golpe dos comprimidos y volver a ver a luz. La misma luz que imagino vieron aquellos pedalistas norteamericanos que viajaron a Suiza, paraíso de las libertades, para comprar ese medicamento que inyectado en vena te hace entrenar más y mejor y que suministrado de la forma correcta y con la consabida supervisión médica te permite ganar siete Tours sin despeinarte.

Todo eso nunca lo iba a conseguir con el humildísimo paracetamol, pero pese a ello me cambió la vida. A los analgésicos efectos de las grajeas se le sumaron los primeros -y únicos- rayos de sol que nos iluminaron a Ignatius y servidor a lo largo de los 160 kilómetros de una prueba plagada de toboganes en los que se acumulaban 2.600 metros de desnivel. Y lo duro estaba por venir, pero ya todo era distinto gracias al paracetamol. Ni la Côte de la Haute-Levée ni el Col du Rosier impidieron que incluso me animase a tirar del grupo camino del temible Côte de La Redoute, 1,65 kilómetros al 9,7% de media con rampas del 20%. Las cuestas son igual de duras que las de la Bola del Mundo, aunque están asfaltadas en lugar del rugoso hormigón que caracteriza la terminación del puerto de Navacarrada. Ahora bien, en este caso pesaban y mucho los 110 kilómetros a través de los fríos bosques del oeste de la gris Lieja. Poco después afrontamos la Côte de la Roche-aux-Faucons (1,5 kms al 10%, con picos del 16%), y varios kilómetros más tarde, una vez dejado atrás el mítico polígono con las famosas curvas de 90 grados, cerramos los ascensos “puntuables” con la Côte de Saint-Nicolas (1,4 kms al 7,6%). De ahí hasta la meta, Ans y una docena de kilómetros donde, por fin, se imponían los descensos.

Papar, llévame ar sircor!

Papar!!! Llévame ar siiiircor!!!

Habíamos acabado y ya todo me daba igual. Incluso el premio al corredor más simpático que me concedieron al finalizar la prueba por unas imitaciones de Chiquito de la Calzada con las que me arranqué sin una razón aparente y que espero que no tuvieran nada que ver con los dos (o tres o cuatro, es algo que ya no recuerdo) paracetamoles que ingerí en Bosson, esa apacible villa belga que siempre estará en mi recuerdo. En mis pensamientos también se acomodará la señora dueña de aquella salvadora pharmacie a la que intentaré hacer llegar este manuscrito que acabo de escribir en el vuelo de vuelta a la capital del reino, en el que por cierto vi a Cigarrín ataviado con la ropa de Los Frailes (qué poca cosa es el hombre) y entablé una interesantísima conversación con un chaval que corre en Máster 30 y para el que no fue tan dura la prueba. Y eso que él no entrena más y mejor, que eso solo lo hacen los de Valencia.

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10 Comments

  • Reply CacaitoR 4 mayo, 2016 at 22:44

    Muy bueno berts!! Por cierto, tu amigo ignatius se llama como uno de mis personajes de ficción preferido!!
    Un saludo

    • Reply berts 4 mayo, 2016 at 22:51

      El mejor personaje de ficción junto al Quijote. Intentaré dar las gracias de tu parte al Jorge Luis este que escribió el texto. Sabía que podía quedar bien en el blog.

      • Reply CacaitoR 4 mayo, 2016 at 22:58

        Creía que me ibas a decir que ignatius era el de gendt de los personajes de ficción. Es decir, estaba sobrevalorado. Me alegra que compartas el gusto. Salúdame al sr alEPO.

  • Reply Nando 5 mayo, 2016 at 11:34

    Buenísimo Berts, no le falta de nada. Tiene incluso “tensión sexual no resuelta”

    • Reply berts 5 mayo, 2016 at 13:06

      quién ha dicho que no esté resuelta? cualquier sabe cómo se las gasta ese Alepo

      • Reply CacaitoR 5 mayo, 2016 at 13:38

        Lo que está claro, es que tiene cierta querencia por un determinado tipo de mujer,el tal alEPO

  • Reply The Critic 6 mayo, 2016 at 18:23

    Vaya relato… Recuerdos desde Bélgica

  • Reply The Critic 6 mayo, 2016 at 18:24

    Te has olvidado de cuando no me esperaste después de pinchar

    • Reply berts 6 mayo, 2016 at 19:03

      Hay que gritar más fuerte!

  • Reply La París Roubaix que Théo Vienne nunca hubiera imaginado - Cicloturista 11 abril, 2018 at 20:49

    […] aquí, solo restan 18 tramos más de pavés. Una, dos, tres menos y… avituallamiento. El gusto del que les escribe por las farmacias en este tipo de marchas se ve saciado muy a su pesar en una pequeña localidad donde la […]

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