Cronica

La París Roubaix que Théo Vienne nunca hubiera imaginado

11 abril, 2018
París Roubaix Cicloturista

París Roubaix Cicloturista

Las palabras París Roubaix evocan a la más pura tradición ciclista, a las gestas inmortalizadas en esas imágenes que muestran el sacrificio de aquellos que cada año la disputan para pasar a los anales de la historia o, sencillamente, poder contarlo. Las caras sucias de unos deportistas que en siete horas se transforman en barreteros de minas de carbón, los adoquines destrozados del Infierno del Norte, las dolorosas caídas en los temidos días de lluvia… Tantas estampas que cuando uno ojea los aledaños de la fantasmal estación de tren de Roubaix, lo primero que piensa es si se ha equivocado de parada. Porque en esta deprimida ciudad del norte de Francia no están para celebraciones ni en la fecha más caliente de su calendario, en la que todo el mundo ciclista mira con atención la entrada a un velódromo que es el vestigio de un pasado mucho mejor. Un edificio encargado por Théo Vienn, fundador de la clásica, que acogió a 10.000 personas en la primera edición de 1896, una multitud comparada con los pocos cicloturistas que se reunieron en la de 2018 tras la sobredosis de adoquín de la víspera.

Para llegar a la estación de Roubaix, un tren desde Bruselas invierte unas tres horas previa escala en Gante. Un recorrido que en coche se hace en la mitad de tiempo. Nadie en el andén, ningún funcionario visible en ventanilla y, lo que es más llamativo, sin una consigna donde dejar las maletas. Ese es el panorama con el que el viajero se encuentra un viernes a las dos y media de la tarde en uno de los puntos neurálgicos de una comunidad de 100.000 habitantes. La inactividad se prolonga al exterior, en el que nada indica que la ciudad es protagonista el fin de semana de uno de los eventos deportivos del año. Hecho que contrasta con el ambiente festivo que se respira en la vecina Oudenaarde, ciudad que acoge el final del Tour de Flandes. Ni un cartel con la foto de Van Avermaet, ninguna bandera con león negro y fondo amarillo de la vecina Flandes. Apenas un cartel que señala que el velódromo está a 5 kilómetros de allí.

Josef_Fischer y su hierro

Josef_Fischer y su hierro

La mejor forma para llegar a este recinto es un autobús que cuesta 1,8 euros y que te permite construir en un trayecto de media hora la primera impresión sobre la ciudad: poca gente en las calles, pocos comercios, edad media baja y gran parte de población árabe. Un posterior vistazo a los datos te ayuda a contextualizar el escenario. Roubaix es una ciudad de 99.000 habitantes con una tasa de paro de más del 30% con curva ascendente en las dos últimas décadas. La media del país galo es del 10%, lo que indica la deprimida situación económica de una zona que en el siglo XIX fue próspera gracias a la industria textil de la que fueron protagonistas Théo Vienne y Maurice Perez, los dos fundadores de la París Roubaix. En 1896, fecha de la primera edición de la prueba, 120.000 personas habitaban las calles de la ciudad vecina de Lille situada en la región de la Alta Francia. El termómetro más preciso para ilustrar la situación actual.

Théo Vienne era un empresario del negocio textil al que le gustaba el espectáculo. Construyó el velódromo y una plaza de toros en la que, se lee en su biografía, organizó el Día de Francia un combate entre un león y un bovino con cuernos que quedó en tablas porque ninguna de las dos bestias quiso batirse. Por lo que se ve, ese gusto por las batallas lo trasladó a la filosofía de la carrera que quería que llegase a su velódromo y no a París, como solía hacerse por la época. Y que estaba llamada a ser inmortal pese a que en un primer momento se entendió como una preparación para la posterior Burdeos París. Vienne y Perez convencieron al diario deportivo Le Velo y llamaron a los ciclistas a presentarse en París el domingo 19 de abril de 1896. Josef Fischer, con bigote y perilla, como casi todos los ciclistas de la época, recorrió 280 kilómetros, muchos de pavés, en nueve horas y 17 minutos a una media de 30 kilómetros por hora. Fue el primero de los 51 que partieron en entrar el nuevo velódromo ante 10.000 vecinos.

Es allí donde se recogen los dorsales que permiten, previo pago de 30 euros, participar en la marcha cicloturista que lleva el mismo nombre que la carrera del domingo. En comparación, la Quebrantahuesos cuesta 80 euros. La diferencia es que te dan un maillot que se acumula en el armario y una comida hecha siguiendo los estándares de calidad de Purina. Cualquier marcha en España supera los 40 euros, y lo normal es que se acerque más a los 50. El ritual es siempre el mismo: pasar por taquilla a por el número, echar una ojeada a los puestos de material e ir a por la bicicleta al sitio de alquiler. Allí estaba el simpático dependiente inglés que trabaja para una empresa cercana a Alpe Dhuez, con la Willier de carbono a punto, montada en Ultegra y cedida por dos días por 150 euros. Y, hasta ese momento, ninguna cerveza, porque el que les escribe está cambiando, y sabe que el día previo a la marcha no hay que beber alcohol.

Líderes fugaces

Líderes fugaces

Dos horas más tarde nos sentamos los ocho magníficos que vamos a hacer la carrera de nuestras vidas en la mesa de un extravagante bar a tomar unas deliciosas cervezas. Mientras charlamos y rompemos el hielo los que aún no nos conocemos, un gato negro se sitúa en la parte más elevada de un mueble en el que se apilan todo tipo de botellas de alcohol de alta graduación. La camarera es muy simpática y la parroquia, aunque algo decrépita, parece pasárselo muy bien e interactúa con el grupo de globeros. Aunque parezca increíble, son las nueve de la noche, viernes, y casi nadie habita las calles flanqueadas por edificios bajos de ladrillo visto. En Roubaix no hay ambiente, ninguno. Ni siquiera en su día grande.

Tras una mala experiencia con el dueño de un restaurante que nos da una reserva y que nos dice que ya no hay comida cuando llegamos, entramos en una humilde fonda regentada por dos argelinos que con cuatro clichés jugados con maestría hacen entrañable la velada. Tras una comida más que decente, se une un colega habitual del bar bastante achispado que dice que si perdiese alguno de sus 130 kilos sería bueno con la bicicleta. Además, porque el mundo es una caja de sorpresas, nos habla de la relación entre Cuba, el Real Madrid y su presidente Santiago Bernabéu, hablando de esta curiosidad como si se tratase de una conspiración a la altura del caso Watergate. Una buena forma de irse a la casa de alquiler para descansar y estar frescos para un viaje de 145 kilómetros, llanos, de piedras y asfalto.

Como no paro de sorprenderme a mí mismo, me doy cuenta de que para abrir los ojos primero suena el despertador. Y solo precisé de una pequeña marginal gain para ello. Raudo, enciendo el fuego para calentar una olla de agua con la que preparar la pasta (blanca, mejor no hacerla a la boloñesa a las siete de la mañana) y pongo en marcha la cafetera. El integrante del Bahrein del grupo se molesta un poco porque lo aviso para que se levante (“uno se levanta cuando quiere”), empieza el bullicio de la gente saliendo vestida a la cocina, comienza la frenética actividad en la que se dispara la adrenalina mientras preparas las cosas y pones el dorsal a la bici. Desayunas como si te fueras a la estepa siberiana a combatir contra los rusos y las bicis comienzan a rodar rumbo a la salida en el velódromo. Está a punto de empezar otra bonita aventura, en este caso desconocida. Aunque se intuye, casi nadie en el grupo sabe en qué estado se encuentran los 30 kilómetros de adoquines que se reparten en el recorrido y cómo hay que afrontarlos: que si doble cinta, ruedas de 28, 5 kilos de presión, agarra el manillar de la te, ni se te ocurra dejar de pedalear, cuidado con las escapatorias… Y en medio retumbando la cansina voz de Eduardo Chozas: “El pavés de Roubaix es mucho peor que el de Flandes”.

Cagustico en el llano por asfalto

Cagustico en el llano por asfalto

A las nueve, con viento de sur -desfavorable para el inicio de la marcha- y una temperatura que ya querría tener Madrid ahora, emprendemos camino los Ocho de Maguire con la calma de saber que los primeros 50 kilómetros son totalmente llanos y sin piedras. A gusteiras, vamos. Bromitas por aquí y por allí, bocinazos para decir que vienen coches de frente, momentos de atrevimiento para tirar del grupo y desistir con apertura hacia el exterior incluida a los dos minutos tras superar de forma holgada las 170 pulsaciones, gente que te pasa, simpáticos maduritos del Quick Step venidos de Italia para rememorar las hazañas y honrar la memoria de Franco Ballerini… Pero solo es la calma que precede a la tormenta, porque tras una larga recta se divisa un cartel que señala el primer tramo de pavés del día, el temido Arenberg y su bosque que no deja ver la luz e impide que se sequen las piedras y la tierra que las une. Solo unos pocos de la grupeta, con el Tom Bonnen astur dando lecciones de cómo se conduce la bici por el pavés más peligroso, avanzan todo el tramo por la parte empedrada. El resto pensamos que aunque no hagamos Arenberg como los campeones y avancemos por la parte socialdemócrata del camino, siempre podremos contar lo contrario.

Desde aquí, solo restan 18 tramos más de pavés. Una, dos, tres menos y… avituallamiento. El gusto del que les escribe por las farmacias en este tipo de marchas se ve saciado muy a su pesar en una pequeña localidad donde la organización ha montado el chiringuito con la fruta, las barritas, los gofres, la bebida isotónica y el agua, además de los urinarios. A diez metros, un joven apuesto con palique que no habla una papa de inglés se está haciendo de oro con la venta de desinfectante, apósitos para las ampollas y vendas. Porque el violento traqueteo de la bici en los caminos empedrados provoca que salgan ampollas. Y aún restan 80 kilómetros por delante.

El pavés de la París Roubaix es el sitio en el que nunca metería mi bicicleta. Para poder pasar bien este terreno, hay que entrar con el desarrollo justo con el que moverte a gran velocidad sin atrancarte, con las pulsaciones al máximo y mucho ojo con los adelantamientos, porque si alguien se te cruza a última hora es muy complicado reaccionar, ya que las manos siempre van en la parte de arriba del manillar. Aquí, como en muchas otras facetas del ciclismo, la entereza psicológica juega un papel importante. Las muñecas y las articulaciones de los dedos acaban destrozadas, y más en tramos como el Mons-en-Pévèle o el encadenado Camphin-en-Pévèle, Carrefour de l’Arbre y Gruson, quizá el momento más difícil de la marcha por su dificultad, porque la piedra del Carrefour parece no haber sido reparada tras los bombazos de las guerras de las que ha sido testigo y porque en ese momento ya se acumulan muchos kilómetros en las piernas. Mons-en-Pévèle, por su parte, tiene la dificultad añadida de que una buena parte es un falso llano que pica para arriba.

Riquismo en Roubaix

Riquismo en Roubaix

Lo más bonito de una carrera de este tipo, aunque suene cursi, es compartirla con tus amigos, con aquellos que sabes que en ese momento sienten lo mismo que tú, que disfrutan con la misma intensidad de una de las grandes experiencias que te ofrece la vida. Montar en bicicleta mientras el aire acaricia tu cara y escuchas tu respiración entrecortada por la sinfonía que componen las ruedas al girar y la orquesta de los bujes cuando se deja de pedalear. En este momento, es mejor no hablar. A no ser tengas que tengas que advertir a tu compañero porque en medio de la excitación te ha sacado de punto.

La entrada al velódromo es el final de la aventura de los Ocho de Pancho Villa, que circularon a una velocidad media más baja que el pionero Josef Fischer en 1896, y eso que la montura del de Baviera pesaba el triple que las actuales y no tenía desarrollos. Atrás quedan los 19 tramos de pavés, los comentarios sobre el resto de participantes, como la liebre de 120 kilos británica de poderosas extremidades inferiores, los gofres y los plátanos de los avituallamientos, la farmacia estratégicamente situada, las risas producto de esas coletillas que se propagan como la pólvora en cada viaje, que no cesan de repetirse y que en cada ocasión son diferentes. Por delante, si no me caso -que no tiene pinta-, muchas otras marchas por hacer.

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1 Comment

  • Reply Izarbeko Lepoa 11 mayo, 2018 at 16:27

    Me ha encantado leer tu crónica.

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