Relato

Un nuevo ciclismo

27 marzo, 2019

Las vacas buscaban refugio bajo los árboles que pueblan las montañas francesas. Era un día de los que me gustan, en los que me siento poderoso encima de la bici. Pasamos por un pueblo repleto de gente y entre el griterío ensordecedor acerté a ver un luminoso que marcaba 34 grados. Olía a alquitrán. Encaramos una larga recta y sobre el asfalto se veía algo borroso. Era el calor que flotaba sobre la superficie de la vía que conducía a las faldas del Col de Menté, 7 kilómetros al 8%, penúltima montaña que teníamos que escalar, situada a 60 kilómetros de la meta en Bagnères-de-Luchon. Pese a lo extremo de las condiciones, rodábamos a gran velocidad por las carreteras pirenaicas. Y yo estaba en los primeros lugares del pelotón. Era consciente de que tenía que atacar en las primeras rampas de ese puerto si quería ganar el Tour de Francia. Tenía piernas para hacerlo. Había recuperado muy bien en la jornada de descanso que siguió a la prueba cronometrada en los alrededores de Pau. En el ciclismo es clave asimilar los esfuerzos, es ahí donde se marcan las diferencias. Pero era consciente de que me podía faltar algo. Ese plus que los rumores ya atribuían a otros ciclistas del pelotón. Nada de transfusiones, hormona del crecimiento o EPO. Eso era el pasado, un juego de niños comparado con las ganancias físicas que aportaba el “Nuevo Dopaje”: genético, indetectable, inocuo.

Salimos del pueblo y el grupo se enfiló a lo bestia. El latigazo fue de tal calibre que las piernas me ardieron desde los tobillos a las ingles. La carretera se estrechaba en un desvío a la izquierda que marcaba el inicio de puerto y era fundamental ir bien colocado en las posiciones de cabeza. Tuve que poner el 53×11 por primera vez en la jornada mientras me agarraba de la parte baja del manillar. Se acabaron las bromas. Rodábamos como unos desquiciados, a 60 kilómetros por hora en un terreno que encima picaba ligeramente para arriba. El corazón me latía a 180 pulsaciones por minuto, pero sabía que los demás estaban sufriendo tanto como yo y eso me motivaba. Tomamos el desvío y los gregarios del todopoderoso equipo Ineon Team se retiraron de los primeros lugares tras un destrozo que dejó el grupo en 30 unidades. Sabía que ese era mi momento.

Aproveché la inercia y ni siquiera bajé plato pese a que el desnivel en las primeras rampas era del 10%. Apreté los dientes, me deleité con el sabor a sangre de mi boca y lancé un demarraje que me permitió marcharme en solitario. Era de locos, quedaban 60 kilómetros hasta la meta y otro puerto por delante, pero era consciente de que esa era la única forma en la que podía reventar al Ineon y a su líder, Fredo Casagrande. Tras el primer esfuerzo, subí varios piñones y situé la potencia en los 6,5 vatios por kilo, un ritmo que sabía que podía sostener hasta la cima del Col de Menté sin generar demasiado ácido láctico para poder afrontar el llano y el último puerto con garantías. Recorrí un kilómetro a todo gas flanqueado por caravanas, espectadores con el torso desnudo y banderas con el león de Flandes. Mis sensaciones eran fantásticas. Hablé con mi director por el pinganillo y me dijo que la diferencia respecto al grupo de favoritos ascendía a 25 segundos. A Casagrande, que me sacaba 1:05 en la general, solo le restaba un compañero para tirar de él. Theunissen, tercero, y Bauhaus, cuarto, ambos a un puñado de segundos de mí en la general, iban en ese grupo.

Theunissen y Bauhaus eran unos segundones invisibles que hace muy pocos meses solo servían para llevar el agua a sus líderes de equipo o, como mucho, tirar del grupo para echar abajo una fuga. Y de repente, desde el anonimato más silencioso, se habían instalado en las posiciones de privilegio de este Tour de Francia. Theunissen había ganado la etapa reina de los Alpes, una monstruosidad de cuatro puertos con 4.500 metros de desnivel acumulado en la que se tiró 120 kilómetros fugado. No pudimos alcanzarlo pese a que los cuchillos volaron en la ascensión a Alpe Dhuez. Bauhaus me metió 1:15 en la última crono y estuvo muy cerca de los mejores en Alpes. Me sacó 75 segundos. A mí, campeón de crono nacional y vigente ganador del Giro de Italia. Un tío al que solo conocen en su casa a la hora de comer. Quizá si era cierto el rumor, el del dopaje genético. Quizá si era cierto lo de esa clínica de Singapur en la que te instalan fibras musculares sintéticas largas y cortas para mejorar resistencia y velocidad. Se rumorean incluso datos: 100 watios adicionales de potencia para un esfuerzo continuado de 40 minutos. 1,6 vatios por kilo en mi caso. Una barbaridad.

Coroné Menté en solitario, empapado de sudor como si me hubiese tirado a una piscina y con el maillot abierto hasta abajo, mostrando el contraste entre mi blanco pecho y el color negro del pulsómetro. Un aficionado me echó en ese momento media botella de agua helada por encima. El director me dijo que Casagrande iba acompañado de los dos don nadie a 1:10 minutos de distancia. Era líder virtual a falta de 50 kilómetros de etapa. Nada más cruzar el paso de montaña recogí un bidón lleno de agua con sales y unos geles adheridos en una de sus paredes. Eché un trago grande, engullí el alimento, me puse unos periódicos en el torso para no enfriarme, cerré el maillot y me lancé a tumba abierta en un descenso revirado y con la carretera saltarina. Pensé en que en Singapur no te enseñan cómo encarar los descensos. Se me disparó la adrenalina y afronté cada curva como si fuera la última de mi vida. Al final de la bajada, metía 1:55 a Casagrande y su cohorte de tramposos. “¡Vamos, Txiki, vamos, cojones, qué huevos tienes, chaval. Ahora cadencia en el llano, cadencia, cadencia, cadencia, no te quemes, guarda para el Portillon!”, me gritaba Iñaki Seisdedos, mi director desde que era amateur. Mi padre en el ciclismo. Un tío honesto en un mundo de aves de rapiña.

Atrás comenzaron a darse relevos y redujeron la diferencia a 1:40 cuando faltaban diez kilómetros para comenzar el último puerto, la subida que iba a dirimir el ganador del Tour de Francia. Llegué con 1:30 a la falda del Col du Portillon, 8 kilómetros al 7%, y me sentía todo lo bien que me podía sentir tras haber recorrido 170 kilómetros, los últimos 60 a una media de 160 pulsaciones por minuto. Era el mejor escalador de los cuatro, también el mejor bajador, y tenía una renta suficiente para vestirme de amarillo en Bagnères-de-Luchon. Puse el plato de 39 dientes y situé la cadencia en 90 pedaladas por minuto. 6,4 vatios por kilo para un esfuerzo de unos 20 minutos hasta la cima. Suficiente para mantener la diferencia. Me sentía ganador. “Txiki, Theunissen y Bauhaus han sacado de punto a Casagrande y te tienen a 50 segundos. Cabeza fría. Mira el potenciómetro, dosifica, mantén los 6,5 vatios. Casagrande sigue a 1:30. Tranquilo”, me dijo en ese momento Iñaki.

A falta de tres kilómetros para coronar se advino una recta imponente de más de un kilómetro al 10%, la parte más dura del Portillon. Todo el que ha montado en bicicleta sabe que nada es más nocivo para la moral que larga recta en la que la carretera se empina queriendo acariciar las nubes. Subí piñón y mantuve el ritmo. En ese momento, escuché el ruido de las motos y el griterío se volvió ensordecedor. Miré hacia atrás y los don nadie me tenían a la vista, a no más de 15 segundos. En escasos metros, me adelantaron como lo haría un deportivo alemán a un humilde Seiscientos. Bajé dos piñones, me puse de pie sobre la bici, la balanceé como yo solo sé hacerlo y cogí su rueda. Vi como sus piernas se hinchaban, como de sus bocas salía un pegajoso hilo de baba. Me era imposible mantener su ritmo. Me vapulearon. Me habían dado la paliza de mi vida. Subí dos piñones, pero la amarga sensación de sospecha me hundió. Me quedé clavado. Por mi cabeza pasó la idea de abandonar en ese momento la carrera y coger un vuelo con destino a Singapur.

Casagrande me cogió metros antes de coronar Portillon. Nos miramos, incrédulos ante el espectáculo que estaban dando Theunissen y Bauhaus. Juntos afrontamos el descenso a Bagnères-de-Luchon con más de dos minutos perdidos ante los don nadie. Casagrande había sido mi rival en las últimas ocho o diez grandes vueltas por etapas. Era el último ganador del Tour, tenía otros tres en su palmarés, dos Vueltas a España y dos Giros de Italia. Era el único ciclista en activo que tenía más trofeos que yo en sus vitrinas. Y ahí estábamos los dos, humillados por dos desconocidos que subían los puertos como si fuesen equipados con piolets. Dimos algunos relevos de cortesía y pasamos la línea de meta con el gesto impertérrito. 2:35 minutos de diferencia respecto a Theunissen y Bauhaus. El primero era el nuevo líder del Tour y el segundo le había ganado la etapa al sprint. Nos dimos la mano y miramos hacia el alborozo que rodeaba a las estrellas del nuevo ciclismo que acababa de nacer.

1 Comment

  • Reply The Critic 27 marzo, 2019 at 23:01

    Me encanta

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