Cronica

Vivencias (y penas) de un globero de medio pelo en la Quebrantahuesos

20 Junio, 2017
Quebrantahuesos, ¿vale 80 euros?

Quebrantahuesos, ¿vale 80 euros?

Gypaetus barbatus, buitre barbado. El buitre de las ovejas. Un animal extraño que se alimenta de los huesos que deja caer desde las alturas y se hacen añicos en contacto con la superficie. En peligro de extinción por la acción humana, el Quebrantahuesos da nombre -valga la ironía- a la carrera ciclista más masiva de la geografía española, 8.000 participantes que se reúnen en los Pirineos para salvar los 200 kilómetros que componen el recorrido de una marcha que se inicia y concluye en Sabiñanigo, el Chernóbil español de los parajes contaminados por lindano. Una aventura de más de siete horas en la que el disfrute del paraje queda solapado por el viaje introspectivo que se ofrece al globero de medio pelo. A ese que durante un día se puede sentir ciclista. Aunque solo sea en los valles.

Cuenta Tyler Hamilton que en los momentos de competición donde el sufrimiento alcanzaba el apogeo saboreaba la sangre. El ciclista estadounidense, gregario de lujo de Lance Armstrong y líder más tarde con el CSC y el Phonak -hasta que su nombre apareció en la Operación Puerto-, era capaz de aguantar el dolor hasta cotas inimaginables. Tanto que se quedó a las puertas del podio del Tour de 2003 con la clavícula rota -ganó incluso una etapa- e hizo segundo del Giro con una lesión similar que le llevaba a apretar los dientes de tal modo que se los destrozó en su intento por mitigar el daño. Es un caso extremo, de alguien que roza el masoquismo. Pero si algo conlleva la práctica del ciclismo es sufrimiento, penurias. Y si se habla de una aventura de siete u ocho horas encima de la bicicleta, el dolor está asegurado. Con todo lo que conlleva.

La M30 en su paso por Sabiñánigo

La M30 en su paso por Sabiñánigo

Cuesta imaginar la respuesta que el cuerpo humano es capaz de dar cuando lo llevas al límite. Es sorprendente que tras conversar con tu conciencia y decidir poner pie a tierra en el último kilómetro de Marie Blanque ante los latigazos continuos de dolor que someten a tu espalda, de repente regrese la luz a tu interior y subas los 29 kilómetros de Portalet como si antes no hubiera ocurrido nada. Y cuando todo parece ir sobre ruedas, cuando superas Hoz de Jaca sin dificultad pese al fuerte desnivel del primer kilómetro, cuando solo restan 20 kilómetros hasta Sabiñánigo y has cogido la rueda buena, todo se viene abajo. El tórrido viento de cara a más de 35 grados, el grupo que se marcha y la soledad en una larga recta de una carretera desierta en la que no existen los avituallamientos. Miras el perfil en el cuadro de la bici y sabes que resta una última subida. Sigues dando pedales, pero ahora manda la oscuridad, y las conversaciones contigo mismo se vuelven sombrías. ¿Y si no llego? ¿Y si no tomé suficientes sales? Aunque parezca increíble, los últimos 15 kilómetros antes de llegar a la meta fueron los más críticos de una marcha en la que se tienen que salvar cuatro puertos y 3.500 metros de desnivel.

Como es habitual, el que les escribe volvió a repetir dos constantes en las últimas marchas cicloturistas disputadas que no sirven precisamente para mejorar el rendimiento. Por un lado, demasiada cerveza el día de antes. Tanta que a mitad de camino de Pirineos, a eso de las dos de la tarde, el cerebro le chispeaba en el 103 mientras disfrutaba junto a Golden Boy y Roalf de unos exquisitos torreznos, un plato de paella y una parrillada de carne de cerdo. Por otro lado, pese a que el camping de Gavín y su entorno invitaban a la paz y a la calma y a que por fin había dejado de lado la temperatura infernal de Madrid, solo pudo dormir un par de horas antes de una cita que iba a exigir pedalear un mínimo de ocho horas. De resaca y sin dormir. Y encima sin haber tomado una tila y un paracetamol, la dieta de los campeones antes de coger la bicicleta.

La aproximación a Somport, primera dificultad montañosa del día, rozó la histeria. Nada más arrancar y el corazón a 150 pulsaciones por minuto, con más sudoración de la habitual pese a que a esa hora de la mañana aún no abrasaban los rayos del sol. Varios miembros de la comitiva madrileña, más conocidos como los abuelos de fuego y cuya principal estrategia de carrera consiste en ir a fuego hasta que el cuerpo reviente, marcharon a más de 40 kilómetros por hora por delante, por lo que tocó buscar acomodo en algún grupo que llevase una marcha menos. La subida al Somport es tendida, nada exigente, 26 kilómetros desde Jaca al 3%, o 12 kilómetros desde Canfranc al 5% por carreteras muy anchas y bien asfaltadas en las que el público se agolpa, sobre todo en la cima. Si bien los entendidos aseguran que la afluencia de gente en 2017 ha sido muy inferior a la del resto de ediciones.

¿Suplirán los ciclistas a las ovejas como presas del Quebrantahuesos?

¿Suplirán los ciclistas a las ovejas como presas del Quebrantahuesos?

Superado Somport, llega la parte más bonita de la carrera, un descenso de 40 kilómetros que aterriza en los pies del terrible Marie Blanque en el que la velocidad media es de unos 45 kilómetros por hora. Una hora de disfrute máximo encima de la bicicleta por un precioso valle hasta que llegas a la población de Escot y giras a la derecha. Es un cúmulo de sensaciones: tú y 20 tíos más rodáis a toda pastilla y nadie habla. Todo el mundo está concentrado en el paisaje y el ruido de las ruedas al girar, el sonido del cambio cuando bajas piñones y cuando deslizan los neumáticos por un asfalto impecable. Es quizá en ese momento cuando el globero se siente más ciclista que nunca, cuando buscas tu posición en el grupo y te permites el lujo de dar un relevo. Pero la emoción da paso en un abrir y cerrar de ojos a un sufrimiento que en mi caso era inesperado.

El Marie Blanque es un puerto horrible. Hitler debió bombardearlo cuando tuvo la ocasión y ahora todos se lo agradeceríamos. Los primeros kilómetros son suaves, pero los cuatro últimos son de extrema dureza. No exagero: es el puerto más exigente que he subido en mi vida. Y no lo es solo por sus pendientes (11% de media en ese tramo), sino por su constancia. Sobre todo por su constancia. No tiene descansillos, no puedes recuperar el aliento en ningún momento en esos 4.000 metros infernales. El que les escribe ha subido puertos con mayor desnivel medio que la última parte de Marie Blanque, pero con la diferencia de que tras una rampa del 20% le seguía un momento de tregua para tomar aire. Y, si como es el caso, te duele la espalda a rabiar, no queda otra que poner pie a tierra. Al menos por unos minutos.

Tras la tortura, descenso y camino a la localidad de Laruns, allí donde si tuerces a la izquierda te enfrentas al tremendo Aubisque. Menos mal que en lugar de encarar las rampas de este coloso, la Quebrantahuesos gira a la derecha camino de la frontera que marca el Portalet, interminable ascensión de 29 kilómetros con poco desnivel medio (alrededor de un 4%) y en el que solo se empinan por encima de los dos dígitos algunas rampas cerca de la presa. Superados los dolores de espalda, toca concienciarse de que durante las próximas dos horas la carretera va a apuntar al cielo con el sol golpeando en la nuca. 80-85 pedaladas por minuto, 165 pulsaciones y “patapún parriba”. El segundo mejor momento de la carrera tras el valle que conducía a Marie Blanque. El Portalet es una subida que me gusta, ya que rara vez la pendiente supera el 8% y hay muchos tramos donde coger resuello. Además de que escalas a través de un paisaje muy bonito cuyo apogeo son unas cascadas en las que está prohibido pararse a tomar fotos. La razón fue motivo de un extenso debate tras la carrera. Y aún no hemos llegado a consenso.

Un poco de humor para el final de la prueba

Un poco de humor para el final de la prueba

El descenso de esta roca que separa Francia y España es el premio que todo participante de la Quebrantahuesos merece tras 150 kilómetros de dar pedales. Una vista panorámica tras superar la estación de esquí de Formigal a los embalses de Lanuza y Bubal en la que se divisan los tejados de la población de Sallent de Gállego -por cierto, que del río que lleva ese nombre no beben agua ni las gallinas – con una pared de fondo con motas blancas que dibujan la nieve perpetua. La carretera se estrecha en el desvío que pone rumbo a Hoz de Jaca, última ascensión seria del día. Dos kilómetros de nada cuya cima está atestada de voluntarios que dan agua fría a los participantes y un nuevo puesto de avituallamiento donde comer sandía, naranjas o gominolas.

Cuando todo parece hecho, cuando apenas restan 30 kilómetros de terreno favorable (en descenso, buen asfalto), se sobreviene el peor momento de la jornada por la interminable recta de la Nacional 260 que conduce a Sabiñánigo. Nota mental: nunca pierdas una rueda aunque para ello tengas que, como vulgarmente se dice, echar los higadillos. Nunca. No pienses que por detrás vendrán otros con el carromato que recoge los cadáveres, porque puede que eso nunca suceda. Viento de cara, soledad en un asfalto achicharrado, desvaríos mentales en los que recuerdas qué pasó con aquel corredor aficionado de maratón que no tomó sales. Todo se pasa por tu cabeza. Incluso abandonar cuando restan unos diez kilómetros para entrar en Sabiñánigo. Suplicas agua a algún espontaneo que encuentras en el arcén, adelantas a algún participante machacado por los calambres, subes la última dificultad del día –Alto de Cartirana, 1,1 kms al 4%- y se abre el cielo -figuradamente- cuando tomas la entrada a este pueblo acaparador de fábricas contaminantes.

De ahí, todo es bajada hasta el inhóspito descampado donde la organización de la Quebrantahuesos hacina a los participantes, un auténtico secarral con una carpa de circo inmensa donde sirven una paella que a los perros les costaría ingerir. Medallita de plata y para el camping, con la promesa de que con hacer esta prueba una vez es más que suficiente.

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